Calles y comidas, Santiago de Compostela

Calles y comidas, Santiago de Compostela - La Coruña

El musgo pintaba las paredes ajadas de cada pared de la ciudad. El verde oscuro, sucio, tímido y fuerte se convierte en el color principal de la capital gallega. Sus calles se envuelven por un frío húmedo que caracteriza a Santiago, más lejos aun que aquellas abundantes comidas, que el carácter rudo de sus habitantes o de los secretos nacionalistas y religiosos que cuentan la historia de una puñado de piedras llamado Santiago de Compostela.

Da igual, marisco, pescado, carne, vegetales, platos calientes o fríos, salados o dulces, todo concluye con una satisfacción y un recuerdo imborrable de la gastronomía del lugar. Sus entrantes destrozan cualquier posibilidad de negar lo evidente, sus primeros platos vislumbran un nuevo mundo de placeres, de tactos desconocidos y de gustos extraños y adictivos. Los postres auguran un final de la velada tan exitoso como sus tartas, tan dulce como sus delicias.

La gente, de normal, sosegada, alejada matiza un sentimiento que adorna el aroma escalofriante de la ciudad religiosa. No hablan ni bromean, son serios y rudos, cabizbajos la mayoría. Lo cierto es que no hay mucho más que destacar de ellos. Sin embargo, defienden lo suyo como si de la vida se tratase. Además la necesidad del turismo en la economía particular obligan a esbozar una sonrisa inquieta y artificial entre los comerciantes de la ciudad.

Los turistas advierten de ciertas preocupaciones a la hora de marcharse, el factor común es una promesa, una promesa de volver, ya que aunque rudos y extraños, son encantadores y acogedores. Siempre falta algo por ver y cuando se ve se descubren varias zonas nuevas, varios secretos escondidos , esta dulce frustración obliga a pasar otra vez por la capital gallega.


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