El Camino de Santiago francés

El Camino de Santiago francés - España

El Camino de Santiago es, sin duda, la representación de una experiencia de vida, un viaje enriquecedor, espiritual y cultural. Es una mezcla de elementos y formas de vida tradicionales con espectaculares paisajes. Es sacrificio, paciencia y tesón, pero también libertad, paz y desconexión. Pero sobre todo, es un reto personal.

Y así es cómo un 3 de marzo la suerte hizo que decidiéramos coger un tren con destino St Jean Pied de Port, un pintoresco pueblecito de Francia. Sí, Francia. Unos 820 km nos separaban de nuestra meta, Santiago de Compostela. Teníamos 32 días de caminata por delante. Un largo viaje en el que cruzaríamos España de este a oeste, pasando por 7 provincias; Navarra, La Rioja, Burgos, Palencia, León, Lugo y La Coruña para finalmente llegar a Santiago.

Así que, mochila a la espalda, y a andar.

El camino, que comienza duro en el país vecino, nos introduce al nuestro por la comunidad foral, y ya en Roncesvalles, un amenazante cartel anunciaba los 790 km restantes hasta Santiago. En los próximos días nos encontraríamos recorriendo el corazón de Navarra, tierra de contrastes. Con un arraigado carácter vasco presente en las bellas aldeas norteñas, pasando por su capital, Pamplona, y luego percibiendo cómo los verdes prados y los arroyos se convertían lentamente en caminos de tierra con cultivos de vid.

Habíamos superado la primera semana y Navarra daba paso a La Rioja.

Nos adentrábamos ahora en la comunidad del vino llegando de primeras a su capital, Logroño. El recorrido por tierras riojanas fue breve pero intenso. Apenas tres jornadas donde los kilómetros se sucedían por travesías de innumerables viñedos, bodegas que invitaban al peregrino a catar alguno de sus vinos, poblaciones de lo más singulares… y no fue más que un aperitivo de lo que vendría después.

Tras 10 días sin descanso, el camino ya había tomado forma y aunque se apreciaba un notable desgaste físico, la experiencia nos animaba a seguir. Cada paso que diéramos suponía un triunfo, y la entrada en tierras castellanas por la provincia de Burgos indicaba que nuestros esfuerzos estaban dando resultado. Muy atrás había quedado ya el pintoresco pueblecito francés.

Castilla nos recibió con lluvia. Llana en la mayoría de sus puntos pero sin menospreciar la subida a la meseta. Burgos y su imponente catedral gótica nos despedían de volver a pisar una población lo suficientemente grande para ser considerada ciudad. Ninguna ya hasta la capital leonesa.

Y así, el camino nos conducía por extensos valles con algún alto de subida pronunciada como la de los Montes de Oca. Caminábamos por senderos que conectaban un sinfín de aldeas burgalesas y palentinas que contaban con maravillosos ejemplares del románico. Puentes de piedra que unían sendas sobre ríos y riachuelos. Algunos municipios quedarán grabados para siempre en nuestro recuerdo. Especial mención merece Hontanas, el pueblo burgalés oculto en la llanura. Los peregrinos del camino francés sabrán de qué hablo.

La población de Carrión de los Condes, en Palencia, marcaba el ecuador del camino. Ya habíamos caminado alrededor de 400 km durante 16 días consecutivos. Aún quedaba mucho por recorrer pero el ánimo se iba alimentando.

Lo cierto es que la capital leonesa se hizo de rogar. Las jornadas previas resultaron ser las más arduas de afrontar debido a la excesiva distancia y la disposición de las etapas, al estar obligados a caminar en paralelo a una carretera casi de principio a fin. La despoblación y el éxodo rural se hacen notar de manera sustancial en toda Castilla, pero más si cabe en este tramo. Pueblos como El Burgo Ranero o Reliegos son casi aldeas fantasma.

Y por fin, León. Este punto del camino era uno de los más importantes a nivel emocional, ya que marcó el inicio del camino que comenzamos en 2016, sin poder llegar al final. Esta vez habíamos llegado desde Francia tras 18 días de viaje a pie. Pero seguían quedando muchas etapas por superar y muchos rincones por descubrir.

El sol seguía dejándose ver cada mañana, como si de un ritual se tratase. Astorga nos acogió con un espectacular cocido maragato tradicional, bendita medicina. Y el fantasmal poblado de Foncebadón, que tres años atrás había aparecido oculto bajo una inmensa capa de niebla, esta vez presentaba un bonito atardecer soleado. El árido y despoblado León comenzaba a mostrar los primeros brotes verdes, y eso sólo podía significar que Galicia estaba cerca. Pasando por la emblemática cruz de Ferro, y por su capital, Ponferrada, la comarca de El Bierzo es la última de León. Y a juzgar por el acento de sus gentes, es sin duda el tramo que introduce la cultura gallega ya casi en estado puro.

Y sin saber muy bien cómo, el riguroso ascenso a O Cebreiro, el punto de entrada en Galicia, había llegado. Era la etapa 25. Casi un mes nos separaba del pueblecito francés.

Y ya por fin, Galicia.

Podríamos definir a Galicia solo en dos palabras: gastronomía y paisajes. Llegados a este punto, se hizo posible comparar con todo lo anterior vivido en el camino y no hubo lugar donde disfrutáramos tanto del buen, y abundante comer. Y las patatas fritas, siempre caseras.

Galicia es sin duda el paraíso del peregrino. Es como el premio a recibir tras tantos kilómetros dejados atrás. A su inmejorable gastronomía se suman unos paisajes de escándalo, con frondosos bosques dignos de ser escenarios cinematográficos, verdes prados con todo tipo de ganadería pastando libremente, y diminutas aldeas que carecen de nombre a su entrada. Hemos aprendido lo que son los hórreos, los cruceiros, y hasta hemos degustado una hamburguesa de pulpo.

Y tras 7 días recorriendo esta increíble tierra, casi por inercia, el camino terminó por llevarnos hasta la plaza del Obradoiro, en Santiago, donde además nos estaban esperando. Esta era la meta de la aventura. Había finalizado una experiencia única.

Este ha sido un viaje gracias al cual hemos tenido la oportunidad de conocer innumerables rincones del país, y también de recordar otros. Algunos que incluso yacían olvidados, deshabitados y abandonados, se han visto resurgir gracias al paso de los peregrinos. Hemos podido percibir cómo cambiaba el paisaje a cada paso que dábamos. De húmedo a seco, de poblado a despoblado, de urbano a rural, de frondoso a árido, y de llano a montañoso. A sus gentes, las hemos visto cambiar de acento y hasta de idioma. Este ha sido un viaje lleno de descanso y tranquilidad, donde cada mañana salía el sol y los cantos de las aves autóctonas nos amenizaban el comienzo de la etapa. Pero también de abundante monotonía, donde las extensas llanuras parecían interminables y se perdían en el horizonte a pesar de los kilómetros recorridos. Un viaje más que gratificante, del que siempre nos llevaremos un montón de buenos recuerdos y del que estamos seguros se puede aprender mucho.

Buen camino, peregrino.


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