El cielo y la tierra fueron testigo

El cielo y la tierra fueron testigo - Argentina

Fue en la oscura y fría madrugada del 6 de agosto cuando, desde la vecina localidad de Sauce Viejo (Santa Fe), abríamos paso a una nueva aventura. En compañía de un viejo amigo de montañas y profesor de Educación Física Facundo Gaitán, y un nuevo aventurero, nuestro querido colega Carlos (Pichi) Campana, catedrático del Instituto Superior del Profesorado de Educación Física “Cesar S. Vásquez”, entre mates y facturitas nos montábamos en las largas rutas que van desde Santa Fe hasta la provincia de La Rioja.

Nuestro primer destino era conocer las minas de Famatina, en el departamento homónimo de la región geográfica de las Sierras Pampeanas de La Rioja -vecino a la ciudad de Chilecito- con la idea de explorar sus zonas para un posible ataque (denominación técnica que se da a los ascensos) al Cerro Gral. Belgrano, conocido también como “El Nevado del Famatina”. Mientras tanto, aprovechábamos la oportunidad para realizar una aclimatación de 2.700 metros sobre el nivel del mar en lo más bajo de ese lugar, hasta alcanzar las mismas minas que se encuentran a 4.050 metros. De esta forma adquiríamos una adaptación fisiológica antes de abordar las rutas que comprenden la región de la Puna Cuyana, que oscilan entre los 3.000 y 4.000 metros de altitud.

En el recorrido, antes de incursionar en los 45 km. de camino de montaña, hicimos nuestra primera noche en un hospedaje de Famatina, un pequeñito pueblo de un poco más de 2.400 habitantes a 2.700 m.s.n.m., donde Patricia, su propietaria, nos informó sobre las características del clima y los caminos, y nos ofreció relatos y anécdotas sobre su arribo desde la lejana Capital Federal, o acerca de verdaderos personajes del lugar así como también sobre el impacto económico y ambiental que produjo la explotación y cierre de las minas. Esto último nos causó estupor y rechazo como argentinos, por el azote causado a sus ciudadanos y a quienes los padecen en la actualidad.

Al día siguiente, ya descansados y aclimatados, emprendimos un camino de hermosos colores característicos del paisaje, enaltecidos por los minerales presentes, riachuelos y vegetación perdida en las inmensidades de las paredes montañosas.

También sorteamos obstáculos, construcciones de caminos y puentes de circunstancia para seguir avanzando lo más próximo a nuestro objetivo con el vehículo. Hasta que a Dios se le ocurrió colocarnos un límite, como si nos estuviese esperando con una mesa servida para un real banquete, obsequiándonos un paisaje propio para la meditación y el encuentro con la armonía. Esa recepción me condujo a reflexionar que lo que mis ojos veían era el elemento que le faltó a Michelangelo para plasmarlo en la cúpula de la Capilla Sixtina. Ese sitio marcó un punto para el armado de nuestro campamento base, en unas viejas construcciones diaguitas a 3.500 m.s.n.m., resguardados del viento entre las pircas, y una carpa que nos protegió de 7 grados bajo cero, bajo un cielo que, con el brillo de sus estrellas, nos hacía recordar la magnificencia del universo y la insignificancia de nuestro ser.

Al día siguiente, con nuestras mochilas aligeradas, recorrimos el trayecto hasta las minas de Famatina (4.050 m. de altitud), y 24 km. de distancia desde el campamento base. El recorrido fue arduo, entre piedras, hielo y nieve. La ausencia de agua potable y la presencia de afluentes contaminados con arsénico y cianuro, fruto de las explosiones mineras y la mencionada explotación a cielo abierto; fueron motivos suficiente para la evaluación del terreno, en un futuro intento de ganar la cima del Belgrano.

Luego de hacer los 4.000 metros de altitud, bajamos al campamento base para descansar de nuestra expedición y emprender al otro día los 450 km. de rutas cuyanas que nos conducían a la provincia de Catamarca, donde estaba nuestro principal objetivo: el Volcán Bertrand (5.320 m.s.n.m ) en el Paso San Francisco, adonde ascenderíamos desde la localidad de “Las Grutas”.

DESTINO PROVINCIA DE CATAMARCA

En el ínterin, en algún lugar cercano a la localidad de Tinogasta, fuimos fuertemente sacudidos por un profundo orgullo argentino y, al mismo tiempo, por un dolor inmenso: un grupo de niños, seguramente de los “pueblos originarios”, algunos caminando descalzos a la vera de la ruta y hundidos en su más cruda pobreza, nos saludaban agitando alegremente una bandera celeste y blanca, los mismos colores que el ejército del norte habrá agitado en épocas remotas independentistas de nuestras tierras. Algo de lo que solamente, “el cielo y la tierra fueron testigos”.

Arribado a “Las Grutas en el Paso San Francisco” (Catamarca), último punto fronterizo cordillerano entre dicha localidad y la de San Pedro de Atacama -del país limítrofe de Chile- los fuertes vientos y la temperatura bajo cero resultaron insignificantes ante el calor y el fuerte apretón de manos de los amigos del refugio de Vialidad Provincial, nuestra propia casa de los siguientes 4 días. Sus experiencias, formas de vidas, necesidades y batallas diarias fueron motivos suficientes para compartir unos mates con una amistosa picada de salame y queso que portábamos de nuestra Pampa Gringa, como lo pronunció alguna vez nuestro atesorado escritor, galvense de nacimiento y esperancino por adopción, José Pedroni.

A la noche llegó el descanso reparador, suficiente para embestir los 5.020 m. de la base del Cerro San Francisco, previo a afrontar el desafío final del Beltrand. De esa manera, obtuvimos una excelente aclimatación, exigencia primordial para evitar fatigas y diversas patologías derivada del síndrome del mal agudo de montaña, y un eventual análisis de nuestros propios límites, con sus consecuentes respuestas fisiológicas, producto de la altitud a la que nos someteríamos.

BASE DEL CERRO SAN FRANCISCO

Fue así como esa misma mañana fuimos a dar aviso a la unidad de la Gendarmería Nacional Argentina, que se encontraba a escasos 100 m. del refugio que nos albergaba (Vialidad Provincial), donde nos atendieron muy cordialmente y con la rectitud que caracteriza a los uniformados, cuyas miradas demostraban poca confianza en nuestras capacidades.

Luego de lograr la base del San Francisco en los 5.020 m.s.n.m, y unas 7 horas de caminata forzada entre hielo y piedras, durante el ascenso y descenso, nos encontramos con un fascinante paisaje y las miradas se enfocaron al unísono en dirección a la Laguna Verde, a unos 15 km. de distancia en territorio chileno. La misma fue escenario natural de cientos de fotografías.

De regreso al refugio, pasamos por la Gendarmería para dar aviso del retorno, como es norma y seguridad hacerlo; los muchachos de la unidad nos miraron con un poco más de optimismo y aprovechamos esa oportunidad para informarles que nuestro principal objetivo sería el viernes siguiente (dos días después) la cima del Beltrand. Sorprendidos, los centinelas de la patria, como se los denomina -salvando las diferencias porque no solamente cumplen con el deber de policías de frontera y cuidar nuestros límites sino que también conforman las patrullas de rescates ante contingencias en alta montaña- y cumpliendo con su responsabilidad profesional; inmediatamente nos hicieron una serie de preguntas para saber si contábamos con el equipo suficiente y el entrenamiento apropiado: si habíamos realizado en otras oportunidades cumbres en altas montañas, (a más de 4000 m.) y si poseíamos elementos de navegación (cartas, brújulas, gps) y de comunicación. Los dejamos un poco más tranquilos al exhibir los materiales con los que contábamos. A pesar de todo lo exhibido y lo expuesto de manera verbal, nunca dejaron de lado sus dudas e inquietudes ya que a la zona se avecinan muchos audaces inexperimentados confrontando la adversidad orográfica.

Después de tanta energía y desgastes de la jornada anterior, el logro del San Francisco nos otorgó unas merecidas vacaciones de un día. Ese tercer día fue de pleno relax y mateada bajo el templado solcito, y lo aprovechamos para conocer las termas de “Las Grutas” y fotografiar alguna especie animal autóctona, y por cierto, las simpáticas y curiosas llamas, guanacos y alpacas que abundan en las desérticas tierras de la Puna.

Al llegar la noche, inconscientemente nuestros cronómetros se pusieron en cuenta regresiva: una importante ingesta nutricional, las comunicaciones con familiares y amigos por internet a sabiendas de que nuestra comunicación y el uso de energía eléctrica era limitada, por carecer del tendido de red. Esta última actividad, como es característico de un montañista, forma parte del folklore o ritual, que entrelaza una serie de sensaciones y sentimientos a los más cercanos, a los fines de aportarles a ellos tranquilidad, pero que al mismo tiempo, por los riesgos inherentes que esta práctica acarrea, para nosotros va ligado paralelamente a un sentimiento de despedida.

Con respecto a la energía, es importante aclarar que en esa zona y en la mayoría de las zonas inhóspitas, ésta se obtiene a través de paneles solares y baterías para las bases repetidoras de telefonía; y el suministro en el refugio es por generador eléctrico. que dispone de un tiempo de funcionamiento y se interrumpe a las 22 para comenzar nuevamente a las 10 de la mañana.

OBJETIVO FINAL: “VOLCÁN BELTRAND”

¡Al que madruga, Dios lo ayuda! Con esta frase nos despertábamos a hora temprana del viernes, cuando sonaba en la voz del Pichi Campana: “¡bueno, a despertar! Era un decir ya que ninguno de nosotros habíamos podido pegar un ojo del entusiasmo que sofocaba nuestro interior.

Poco después de ingerir el desayuno, a las 5.30, mochilas sobre nuestras espaldas, en una madrugada-noche oscura y casi a ciegas, nos dirigimos nuevamente al destacamento de Gendarmería para coordinar las comunicaciones con el equipo móvil (handy); e informar de nuestra partida rumbo a la cima del volcán. Para esto debíamos realizar una comunicación en horas pares con la base. De esta forma protegerían nuestra integridad y registrarían un mapeo de nuestras coordenadas a medida que avanzáramos sobre el terreno. En caso de una eventual extracción del terreno, los mismos tendrían nuestros últimos posicionamientos y así se podría facilitar una maniobra de rescate, en caso de que se requiera.

Para quienes no posean muchos conocimientos en la materia, es necesario explicar que el factor tiempo en rescate, es sinónimo de vida. Y que la excelencia del logro se debe a una correcta planificación previa, repasando cada uno de los puntos, las veces que sean necesarias y teorizando sobre posibles advenimientos o problemáticas. En todo lo que respecta a los deportes o disciplinas de “alto riesgo”, incluso en materia de buceo, del que soy instructor, cuando hablo de bioseguridad hago hincapié en una frase de la que me considero propietario: “En lo que respecta a deportes de alto riesgo, los errores se cometen una sola vez; ya que no existe otra oportunidad para repetirlos”.

CUESTA ARRIBA

Con el mayor de los augurios, se despedía el personal de Gendarmería de nuestra patrulla, denominada “Expedición Tango”; a las 6 comenzaba nuestra marcha en busca de la cima con un marcado paso, respetando cada descanso de 15 minutos con sus correspondientes ingestas calóricas, y un intervalo de 2 horas entre cada una además de una constante rehidratación, fundamental para disminuir los síntomas del mal de alturas.

Nuestro último descanso fue en una pequeña planicie que se anteponía al carreteo final, a unos 300 metros de altura antes de la gloria. Para ello habría que caminar 2 km. aproximadamente, en dos fracciones: 1 km. a la derecha, para retomar nuevamente a la izquierda otro kilómetro.

El sendero estaba conformado por piedras esféricas muy livianas, de apenas 2 cm. de diámetro, de color rojizo y materia volcánica. Un terreno totalmente desfavorable para caminar, ya que a cada paso que dábamos nuestras piernas se enterraban hasta las rodillas y el grado de inclinación de 45º provocaban que por cada dos pasos que realizábamos derrapemos uno hacia abajo. Era tan dificultoso avanzar que nuestra gota de optimismo era reflejada cuando encontrábamos un obstáculo que, indefectiblemente, había que trepar.

Luego de caminar durante 2 horas y 45 minutos a ese ritmo, Facundo -quien llevaba la delantera- exclamó: “¡Vamos muchachos que faltan 50 metros!” Mientras tanto, con “Pichi” dirigimos nuestras miradas, y en una suerte de telepatía dejamos escapar nuestros pensamientos diciendo: “¡Cómo nos miente!” Pero la realidad confrontaba con nuestros pensamientos: Y si…, era real. Ahí estaba, detrás de una piedra un gigantesco agujero de unos 2 km. de diámetro, a 5.320 m.s.n.m, un viento que nos volaba y un frío de 24º bajo cero, a las 14.45 y luego de 8 horas y 45 minutos. Fue el cierre de un feliz sufrimiento, con un merecido brindis con una famosa bebida cola, dedicado a nuestra querida amiga Karina Moya que poca confianza tenía en nosotros. Le dimos el aviso, con voz acongojada por la emoción, a los que nos hicieron el aguante, como se dice comúnmente, a aquellos que nos esperaban abajo: ese grupo minúsculo de gendarmes y los muchachos de Vialidad Provincial en un:

– Atento Base, para Expedición Tango.

– Adelante Tango, los escuchamos.

– Comunicamos que hemos hecho cumbre Beltrad.

Al otro lado escuchamos los gritos y un “¡Viva la patria!” Y respondieron: “Felicitaciones Tango, informamos a ustedes que fueron la segunda expedición en hacer un ascenso invernal en la historia del Volcán Beltrand, registrado por la Gendarmería Nacional Argentina”.

Las condiciones climatológicas adversas nos impulsaron a emprender el retorno; casi 7 horas de descenso constante sin descansos para arribar a las 22 a la base de Gendarmería. Allí nos recibieron con abrazos los muchachos, junto con los de Vialidad a quienes agradecemos profundamente, en especial al personal de cuadro de esa dependencia del Escuadrón 23 del departamento de Tinogasta: Sarg. Ayte: Hugo Alberto Urriche; Cabo 1º: José Orlando Nieva; Gendarme: Elio Rafael Mora, y Gendarme Marcelo Daniel Martínez. El agradecimiento es a todos por brindar su incondicional apoyo.

Hoy escribo desde las lejanas tierras europeas de Italia, las que vieron nacer a mis abuelos, donde me encuentro rodeado de amigos y montañas en los Altos Casertanos; y en un abrir y cerrar de ojos viene a mi memoria esa apasionante aventura del volcán Bertrand, que realizáramos con Facundo Gaitán y Carlos “Pichi” Campana, aquel 6 de agosto de 2013. Un esfuerzo enorme para contemplarlo no más de 30 minutos. Qué injusto que muchas veces parece ser el deporte; pero esta vez todo lo compensaba en la balanza del regalo que nos brindaba la naturaleza con tal magnificencia: un cráter, un volcán, un sol que parece bañarte con su brillo, las nubes que abrazan tu cuerpo, tus compañeros de aventuras, que no son hermanos de sangre pero si de alma, de emociones y de vivencias. De más está decir cómo nuestros ojos regaron aquella parte del suelo argentino, donde pocos hemos llegado en una hazaña de la que solo “el cielo y la tierra fueron testigos”.


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