Circo al ritmo de guerra

Circo al ritmo de guerra - Opinión

El sufrimiento de una batalla por ideales que tenían como fin la muerte, se doblega al ritmo de “La entrada de los gladiadores”, se olvida la guerra y se hace comedia.

Segunda Guerra Mundial, sumergidos en las calles de aquella Europa devastada por el régimen político, estaba la fuerza del ejército exterminándolo todo, y la verdadera batalla era enfrentada por hombres y mujeres que se convertían en espectadores de su propio entierro entre combates, escondites y la lucha por la sobre vivencia dentro de cárceles y campos de concentración.
Presos, ante el constante suplicio por una lucha cuyo único destino era la muerte, Julius Fučík, preso político en la cuidad de Praga, relata “¿Quién puede forzar al pensamiento a permanecer sentado en posición de firme?”. Estarían cautivos, pero la consciencia, al igual que la camaradería, eran el sol que un día se asomaría por las rendijas de la celda, y entonces, apoyaban al amigo que sufría, al que se iba, al que no iba a volver.
“Nosotros necesitamos doblemente el canto, ya que el sol no llega hasta aquí”, escribe Julius Fučík al estar recluido en la celda número 267 en la cárcel de la Gestapo en Pankrác, donde la miseria de los ideales perdidos, se convierte en una lucha diaria ante la impotencia, que canta, canta a la vida y al arte, en esos aposentos que sólo prometen el entierro.

Julius Fučík, compositor de “La Gran marcha cromática” en el año de 1867, nos remonta a estos tiempos de guerra, una marcha que sin duda evoca el triunfo de los militantes que festejan, al fin, el término de la guerra, una victoria ya sin armas. Entre tambores y trompetas, este joven se unió al Partido Comunista e inició su labor de crítico literario y teatral en el año de 1921, y luchó por su pueblo incluso dentro de la prisión donde estuvo detenido sus últimos días de vida, al calabozo le llamaba “La sala de cine”, decía que sus muros reflejaban, y él lo sabía, millones de historias que serían vistas en pantallas de cine algún día.
De esta manera surgieron las marchas del checo Julius Ernst Wilhelm Fučík, compositor y director de bandas militares e idealista de una sociedad sin guerra, compuesta por revolucionarios que guiarán a un proceso político hacia el socialismo.
La pieza más popular es “La Gran marcha cromática”, conocida también por el nombre “Rayos y truenos”. El propio compositor le puso más tarde el título con el que hoy se la conoce en el ambiente circense “La entrada de los gladiadores”, personificando la bienvenida del fin de una guerra triunfante, justo como ahora toman posesión del circo los aldeanos, nombre original con el que se conocía a los payasos, los actores que con ademanes y gestos ridículos, vestidos con coloridos y extravagantes atuendos, interpretan los más patéticas tragedias y equivocaciones humanas dispuestas al público en el circo, y representan con un color festivo y humorístico, las dificultades y tropiezos que hacen reír a la audiencia en una burla a la debilidad humana, parodia que recuerda el espectáculo de Grecia, en el que los gladiadores, en su búsqueda particular por demostrar gran fuerza, realizaban juegos malabares con objetos de gran porte, en su mayoría pesados, como las ruedas de los carros. Más adelante en Roma, los combates de los gladiadores constituían una parte fundamental de los juegos fúnebres de los etruscos y parecen referirse al culto de Saturno cuando los gladiadores atravesaban la ciudad mientras se dirigían al anfiteatro, hasta que se declaraba victorioso uno de los competidores y éste era premiado con palmas, coronas adornadas de cintas. Justo éste, es el momento en que Julius Fučík rememora con su marcha el paso de los payasos al subir al escenario del circo y declararse victoriosos.
Julius Fučík vivió en tiempos difíciles, contribuyó con la cultura democrática checoslovaca, y sobre todo luchó hasta la muerte por sus ideales, “La marcha de los gladiadores” no sólo ha sido interpretada por grandes orquestas a nivel mundial, sino que se ha convertido en un arquetipo del circo.

El militante checo fue asesinado en 1943 por el régimen nazi en Berlín, encarnó un drama más de la batalla perdida y nos dejó un legado para recordarlo justo como él quería, “que la tristeza jamás se una a mi nombre”, afirmó. En 1950, a título póstumo, recibió el Premio Internacional de la Paz y en las Carpas del Circo, cada vez que se abre paso a los payasos, Fučík entra en el anfiteatro al triunfal espectáculo de la comedia y renace con su marcha, a la victoria sin guerra.


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