Combarro en abril

Combarro en abril - Pontevedra

Tras una parada rápida para fumar un cigarrillo, media hora de autobús y una cabezada, las verdes colinas se funden con aquellos inmensos y vastos trozos de mar, apacibles desde la distancia. Sin embargo, mientras una hendidura entre tierra y agua, entre mar y montaña no dejaba ese paisaje como una postal miscelánea. Con cada paso que uno se acercaba a Cambarro veía la brutalidad con la que el oleaje sacudida y zarandeaba las esquinas, ya marchitas, de las casas en el borde del mar. La lluvia, esencia misma de Galicia, mojaba los rincones más áridos del lugar, en el caso de que haya alguna posibilidad de ello. Entre laberintos de casas y bares se encuentra, siempre escondido aunque presente, el mar, tranquilo y a la vez, como si de una dualidad se tratase, osado y bruto. Una balsa que ahoga toda preocupación. Al fondo, detrás de la ría, un bosque ascendente que termina por culminar en una cima de montañas, donde los árboles decoran el paisaje, un paisaje que comparte lo mejor de dos mundos. La brisa del viento acompañada por la textura inconfundible de las hojas y hierbas de las montañas, se mezcla con el olor a salitre que empaña cada lugar del pueblo.

Entre las calles se contemplan multitud de monumentos, de cruces que acicalan la postal ya perfecta de este pueblecito encantador. La tranquilidad abruma, sobre todo los días largos y grises de abril, donde la gente ansiada por el verano inminente experimenta la desilusión, que hace mella entre los turistas. Pero no aquí, en Cambarro. Los nativos de este lugar se muestran abiertos, esperando conversaciones extranjeras, en búsqueda de aquellos acentos más exóticos, de las miradas más lejanas y las  costumbres más remotas. Iniciando entre confiadas sonrisas aquellas conversaciones que, usted, como turista se lleva en la maleta para casa.


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