Dando clases en una escuela internado en China

Dando clases en una escuela internado en China - Internacional

Nos subimos al tren en la estación de Suzhou, en la provincia de Jiangsu, en China. Son 7 horas de viaje en tren bala hasta nuestro destino, Pingyu, en la provincia de Henan. Estamos en medio de un proyecto escolar que se trata de enseñarle inglés a niños de colegios internados. En el camino, hablamos de la vida con mis compañeras de Luxemburgo y del Congo.

Los paisajes que podemos ver desde el tren son increíbles: pueblos perdidos en medio de la montaña, pero a la vez muy citadinos y modernos. También aprovechamos el viaje para comer fideos instantáneos (esos que se preparan con agua caliente); todo el vagón huele a carne picante.

Llegamos a nuestro destino, donde nos espera un colectivo que nos llevará al hotel. La ciudad no se diferencia de las otras ciudades chinas. Si hay una particularidad que tiene el país, es que las calles siempre se parecen, en especial si no hablás chino como es mi caso. Al llegar al hotel, nos esperan con un cartel luminoso que nos da la bienvenida: somos superestrellas. El gerente del hotel nos recibe en la puerta, y el staff hace una reverencia al vernos entrar. Los extranjeros son muy queridos, en especial en las ciudades chicas donde no están acostumbrados a ver personas no nativas. Quedo en compartir habitación con mi compañera Luyao, de China. Y el día termina.

El segundo día es cuando nos toca ir a la escuela. Nos despertamos bien temprano y vamos a desayunar. Allí es cuando me encuentro con mi primer reto: no hay tenedores, y el desayuno es pura comida china que no conozco. Me sirvo arroz al estilo Chao-Fan, que es lo único que conozco. Al principio uso una cuchara de sopa (que no es como nuestras cucharas, sino que es de cerámica), pero al cabo de los días me volveré una profesional con los palillos chinos, hasta poder agarrar cada grano de arroz con cualquiera de mis manos.

El primer día no iremos al colegio, sino que nos separan en grupos para conocer a los mejores alumnos de la escuela en sus propias casas. Este es un colegio internado para un tercio de los alumnos, el resto vive con sus familias. Lo más sorprendente para mí, es que supuestamente los niños son de bajos recursos, pero siendo de Latinoamérica, me doy cuenta de que nuestra idea de bajos recursos es muy distinta: las dos casas que visitamos están bastante bien.

Quizás por afuera los edificios están algo derruidos, pero por dentro tienen todas las comodidades y tecnología. Aquí es cuando me pregunto si en China realmente existe la clase baja como en Latinoamérica: las villas miseria, las favelas, los asentamientos de casas hechas de chapas al pie de la montaña.

Luego de conocer a las familias y charlar con ellos un rato sobre el colegio, las asignaturas, y la experiencia de los niños en general; regresamos al hotel y preparamos nuestro acto para el día siguiente. El colegio hará un espectáculo de talentos, y nosotros haremos un número de baile con las banderas de nuestros países.

Llega el tan esperado día: nos despertamos temprano para asistir al colegio. Al llegar, nos recibe un camino rodeado de niños con pancartas en chino y en inglés que nos dan la bienvenida. De vuelta somos superestrellas. Todo el colegio, de aproximadamente cincomil niños, nos está recibiendo como si fuéramos un presidente o algo similar. Hacen un acto donde cantan el himno e izan la bandera, y proceden a llevarnos a una sala especial dentro del colegio, donde hay frutas, café, y golosinas. Con mis amigos nos vemos impresionados, no podemos creer semejante trato.

Luego de una introducción con el director del colegio y demás autoridades, nos dan un tour por el colegio donde nos muestran el aula de música, de artes, la biblioteca, entre otros. Casualmente suena el timbre del recreo, y es cuando todos los niños salen corriendo de sus salones a pedirnos autógrafos. Están enloquecidos: nos tocan el pelo, nos hablan lo poco que saben en inglés, nos dan dibujos y golosinas.

Finalmente ese día, tenemos el acto escolar donde presentan sus talentos: hacen una obra de teatro en chino, tocan música clásica, bailan hip hop, e incluso reggaetón. Es muy tierno ver a niños de entre seis y trece años con sus vestidos de colores dando todo para impresionarnos.

Los días siguientes pasan de manera similar, pero estos días ya damos las clases de inglés. No es tan sencillo enseñarles, ya que -por lo que me dijeron mis amigos chinos- los niños saben que posiblemente nunca tengan que hablar inglés en sus vidas porque China es un planeta en sí misma. De todas formas lo intentamos, con canciones populares y juegos que los hacen disfrutar de las clases.

Las clases son a la mañana; y a la tarde nos llevan a visitar distintos lugares turísticos de la ciudad con los niños más destacados del colegio. Vamos, por ejemplo, a un parque de diversiones (que cerraron solo para nosotros), al museo más grande del mundo con respecto al sésamo, a hacer competencias de juegos físicos con los alumnos, a una clase de tai-chi…

Llega el último día de la semana y parece que estuvimos allí un mes. Nos tenemos que despedir del colegio y cuesta más de lo que parece: estamos completamente conmovidos por los niños que conocimos. Nunca había sentido tanta ternura como en esa ocasión. Esa semana me enseñó más sobre la vida en China que todo el tiempo que viví en el país. Fue un placer haber tenido esa experiencia y haber podido conocer los colegios chinos tan de cerca.


5.00 - 1 voto

Patrocinado