Más allá de Machu Picchu, la ruta del Urubamba

Más allá de Machu Picchu, la ruta del Urubamba - Perú

LA RUTA DEL URUBAMBA

 

Tres meses y diez días después, retomé la aventura del Urubamba: de la sierra a la selva por río. Ahora sí tenía que llegar a mi destino: Atalaya… y cruzar el pongo de Mainique obviamente. Tal como en la primera “expedición”, todo quedó registrado en la bitácora; bueno, en la cámara.

7 de mayo de 2011

Esta vez no iré por Aguas Calientes, Hidroeléctrica, Santa Teresa. Ya conozco esa ruta, y no quiero más derrumbes, ni transbordos, ni camiones, ni trochas; esta vez voy directo de Cusco a Quillabamba, por la carretera asfaltada…

Es definitivamente mejor época; no hace frío y todo el día ha estado despejado; ahora sí, a más de cuatro mil metros de altura, puedo ver el paisaje que ofrece el abra Málaga y sus nevados en toda su plenitud ¡Qué bello es mi Perú!

Dejando atrás las montañas y la cumbia del conductor, entramos a la selva alta…

Casi seis horas después de que partimos, llegamos a Quillabamba, un poco más tarde de lo esperado; así que sólo me dio tiempo de tomar el siguiente bus hacia Echarate, el de las cinco de la tarde. ¡Estoy lista para las trochas!…

¡Ahí está Don Camilo! Veo que sigue con la medicina natural. Lo primero que hice al llegar a Echarate fue venir a visitar a Don Camilo, el dueño de la propiedad en donde se encuentra la cascada de Siete Tinajas. −¿Se acuerdan de él?, ¿el superhéroe que me cargó en su espalda cascada arriba para que yo pueda salirme con el gusto de ver los petroglifos? ¡Ése mismo!−.

Me ha alegrado mucho volver a verlo, pero es hora de continuar. Felizmente su propiedad está cerca de la vía… por aquí va a pasar el bus para Kiteni… Qué raro que no venga el bus, ¿se me habrá pasado?, como está oscuro… No debí haberme quedado tanto tiempo hablando de hierbas, pero estoy en la hora. ¡Cuánto mosco! Es tarde, casi no se ve nada; por lo menos no está lloviendo. Seguro pasa otro…

¡No lo puedo creer! ¡Comprar un boleto con asiento asignado para viajar en el piso! Bueno, peor hubiera sido quedarme varada. ¡Y yo que no quería baches! Ahora que pare en Palma Real para cenar voy a poder desenrollarme aunque sea un ratito.

8 de mayo de 2011

Hace media horita que ya es 8 de mayo, día de la madre, y acabo de llegar al pueblo de Kiteni. Como ya conozco, voy al hostal de mi tocaya, donde me he quedado antes.

Las habitaciones más bonitas no están disponibles, así que tuve que optar por una alternativa más sencilla. Tengo que dejar de llegar a estas horas o seguiré encontrando cuartos muy muy… muy simples con baños comunitarios.

Son las nueve y media, dormí poco, pero he tenido tiempo de abastecerme antes de continuar. Y, aunque esperé buen rato por algún transporte debido al feriado, finalmente estoy saliendo hacia Ivochote, de vuelta a las trochas…

Mediodía ya, acabo de llegar a la localidad portuaria de Ivochote. ¡Qué bueno haber hecho contactos en el primer viaje! Como llegué a una hora decente, conseguí una habitación decente en el hotel de Marco, claro. –Marco, el dueño del negocio local de entrega de encomiendas–.

Pues resulta que ahora no salen los botes, ya no por tema de clima como hace unos meses, sino por falta de encomiendas. Tendré que esperar en Ivochote. A menos que… ¡Asumo los gastos y salgo mañana mismo!

Me preparo para los siguientes días siguiendo las recomendaciones de Marco y Nicolás, quien todavía se aloja acá. –Nicolás, ¿el superhéroe erudito del extranjero que hacía sus estudios acá? ¡Ése mismo!

−¿Eso nada más vas a llevar Aracelli?, ¿no tienes una carpa o una bolsa de dormir?

−Sólo mi mochila; tengo comida, algo de ropa y dinero, ¡¿para qué más?! Yo soy “guerrera” Nicolás.

−“Guerrera”… debí haber puesto más atención a su pregunta. En fin, sigamos−.

9 de mayo de 2011

Nueve y treinta de la mañana y estoy ya en el puerto junto con Marco y Nicolás, quienes aprovecharán en visitar Timpía, la primera comunidad pasando el pongo. Ya está listo el “ponguero”, Saúl, quien maneja el bote “ponguero”, especialmente diseñado para sortear el oleaje en el pongo. ¿Y todas estas personas?… Ah verdad que Marco dijo que algunas personas vendrían. El bajito deber ser Plinio, el regidor de Echarate, y ésa debe ser su familia, ellos tienen parientes en Timpía. Y… ¿el de barba?, debe ser Antonio; ¿está llevando cerveza? Bueno, parece que nos vamos a divertir. ¡Hoy cruzamos el pongo de Mainique!…

Llevamos poco más de una hora en el río y no es tan torrentoso como pensaba. Igual estamos preparados. Los once, incluyendo tres niñas, nos hemos ubicado en el bote distribuyendo el peso equilibradamente: Saúl y Marco, “peso pesado”, atrás; y peso promedio, en el medio.

No sé por qué, pero a los chicos les ha parecido buen momento para contarme la leyenda machiguenga de “Tasorinchi”, el Todopoderoso. Al “Inkini” o al “Gamaironi”, al Cielo o al Infierno; Él decidirá el destino de las almas que serán llevadas por el “Tonkini”, el Gran Remolino. ¡Ya sé por qué!, ¡qué oportunos! La corriente es cada vez más fuerte y ahora vamos a toda velocidad…

¡Uy!, ¡ahora sí se mueve!, ¡¿pero para dónde va este bote?!, ¡a la derecha… a la izquierda! Menos mal es grande y estable, por eso la proa es tan pronunciada, ¡cómo rompe el oleaje!, ¡las olas nos golpean y nos caen por todos lados!, ¡qué trome el ponguero!, ¡cuánta roca!, ¡cuántos remolinos!, ¡el tundique, el tondero… ¿cómo era?… el Tonkini! ¡Cuánta adrenalina! Ya debemos estar cerca…

Parece que hemos pasado la parte más turbulenta, y ¡con honores! ¡Un brindis!

Saúl y Marco están desaguando con balde después de ese oleaje, Nicolás va filmando y Plinio nos va contando sobre el pongo. Tiene como tres kilómetros de largo flanqueados por imponentes cascadas y profundos acantilados, los que, por la erosión del río, parecen haber sido cortados por un cuchillo, con extrema precisión. Antonio, entre chiste y chiste, hace un “paguito” al río con hojitas de coca porque ahora sí, siendo las once de la mañana, ¡estamos ingresando al pongo!, ¡listos para otro “chapuzón”!

¡¡¡El pongo!!!, ¡tanta perfección Pachamama, Cochamama! Esto es… es como un cuento de hadas, ¡vegetación por todas partes! y ¡un sinfín de caídas de agua!, ¡el sonido es ensordecedor! ¡Estoy en el Paraíso!

Nos hemos detenido, en un lugar donde la corriente no es tan fuerte, para bajar y acercarnos a una de las cascadas. Estamos justamente en el pongo de Mainique, en pleno Santuario Nacional del Megantoni, lugar sagrado para los machiguenga. Las palabras son insuficientes para expresar tanta belleza, ¡tanta emoción!; es quizá el paisaje natural más impactante que he visto en el Perú. –Y aún lo es, ¡y aún me emociona!… Y eso que del Perú, he visto mucho−.

¡¡¡Lo logré!!!, ¡¡¡lo logré!!!, ¡estoy en el pongo! Hay que caminar con cuidado porque las piedras son resbalosas, pero no importa, si muero, moriré feliz. No pensé que estaríamos literalmente bajo la cascada. ¡¡¡Me siento tan libre, tan viva!!!…

Hemos vuelto empapados al bote, ¡lo mejor para combatir este calor! ¡Éstos han sido los treinta minutos más felices de mi vida!… Desde este punto, ingresamos al bajo Urubamba, la llanura amazónica.

Hace una hora que dejamos el pongo atrás y ahora estamos entrando a Timpía. Del puerto a la comunidad son unos quince minutos a pie por trochas, en medio de la vegetación, y troncos a suerte de puentes. Es un lugar bastante humilde –de ésos por donde parece que Diosito nunca pasó–. Sus casitas, elevadas a metros del suelo, son de madera con techo a dos aguas cubierto con hojas de palmera shapaja y los baños están apartados de las casas. Las mujeres cocinan a leña, los hombres preparan sus redes para la pesca, y los más chicos juegan vóley; llevan una vida muy tranquila.

¡Qué día tan intenso! Cruzamos el pongo, Timpía nos recibió con un rico almuerzo local, luego me llevaron a conocer la collpa de loros y su albergue para turistas: el Sabeti Lodge, a diez minutos surcando por un río apacible que baña las playas. A pesar de faltarle mantenimiento, la autenticidad del albergue es lo que lo hace único. También he estado aprendiendo algunas palabras en machiguenga, lo que me ha facilitado mi recorrido por la comunidad. Tienen una capillita, una sala de Internet con un par de computadoras con la velocidad de un minuto por clic y electricidad hasta las seis de la tarde. Y claro, no hay red telefónica ni mucho menos móvil. Me recuerda un poco a mi niñez con los abuelos en Atalaya. –En ese tiempo Atalaya no tenía Internet, pero sí un teléfono que los vecinos compartían–.

Hora de cenar… ¡Qué rico, pescado!, ¿eso… es masato?, ¡qué fuerte huele!, debe ser el verdadero masato masticado, mi abuelita lo fermentaba con azúcar. Ni modo, esto aquí es sagrado… sin respirar, ¡pa’ dentro! –Para quien no lo sepa, el masato es una bebida oriunda de las etnias amazónicas, preparada generalmente a base de yuca, cuya fermentación alcohólica es estimulada por la saliva−.

En vista de que estamos hablando “spanglish” y “quechuenga” por los efectos del masato y está lloviendo a cántaros creo que es hora de ir a descansar. Nos han ofrecido a Nicolás, Saúl y a mí el cuarto de huéspedes… con tres camas por supuesto.

¡Cómo me gusta las noches en la selva, la oscuridad y el silencio total, sólo el sonido de la lluvia, de los insectos… los ronquidos de Saúl, y… ¿qué es eso?, ¿están moviendo las cosas?

Nicolás, ¿estás despierto?

−Aracelli, ¿oyes eso? Hay que prender la linterna.

−¡Ratas!, ¡están por todos lados!

−Sólo por las paredes, ¡hay que mover las camas al centro!…

Ahora sí…¡a dormir!

10 de mayo de 2011

Después de una noche “agitada”, ha llegado junto con la mañana el momento de la despedida.

−Marco, ¿no me pueden acompañar un día más?

−No Aracelli, ya tenemos que irnos. Además ya conoces a la gente acá. Acuérdate de hablar con el jefe de la comunidad para que salgas en el  siguiente bote que pase. Oye, ¿de verdad no tienes ni una bolsa de dormir?

−No necesito.

−Tú crees. Te dejo esto, te puede servir.

−¿Una frazada?… Gracias Marco, por todo.

Pues ya que estoy en el puerto, aprovecharé en aprovisionarme donde este vendedor ambulante que tiene de todo un poquito…

Y ahora otros quince minutos de regreso a la comunidad, tengo que cruzar ese puente otra vez, ¡¿cuántas veces más me voy a caer?!, ¡me toma como diez minutos cruzar dos metros de troncos!, ¡¿por qué siendo yo de selva camino tan mal en el barro?! Por eso Nicolás dice que yo soy más turista que él.

Se suponía que hoy estaría en Atalaya. Pues, el jefe de la comunidad me dice que mañana temprano vendrá un bote a evacuar a una señora que está mal; y que puedo ir con ella y su hijo ya que van hacia Camisea. Por el momento no hay mucho que se pueda hacer por la lluvia; pero una niña de la comunidad me ha traído a la quebrada Shihuaniro, que parece más una piscina de aguas verdosas. ¡Qué lindo!; cuanto más aislado, más bonito; ¡mi selva es el Edén!… ¡chapuzón!

Otro día lindo; la comunidad me ha tratado muy bien; me llevaron a pasear, me invitaron almuerzo y cena, y he mejorado mi machiguenga. Es hora de descansar que mañana el bote sale de madrugada… ¡Lluvia!, ¡nada más relajante! Pero antes voy a tapar los huecos de las paredes para que no entren esas benditas ratas, ni la lluvia.

11 de mayo de 2011

Los primeros rayos de sol… El horizonte casi no se distingue en la niebla, sólo la vegetación crecida, luces y sombras… ¡Cuánta paz!, ¡qué silen… ¿un megáfono?! , ¿es como un despertador comunitario?… Voy a buscar al jefe de la comunidad para ver si ya llegó el bote…

Pues ni señora, ni bote. Mi única alternativa fue pagarle a un comunero para que me lleve a Camisea, en “peque-peque”; osea que me tomará como unas tres horas. –Por si se lo preguntan: peque-peque es el nombre local onomatopéyico de una embarcación sencilla con motor fuera de borda−. Peque peque peque peque peque peque… hasta ritmo tiene.

Mediodía, ¡Camisea!… Está más desarrollado y tiene mucho más movimiento; claro, la extracción del gas. Hay mucha maquinaria y los ingenieros están en plena jornada. Aquí las casitas están ubicadas a ambos lados de un camino de pasto bien mantenido. Todas tienen el mismo estilo típico de la zona; pero están bien pintaditas, sobre todo las de la derecha, aparentemente son las de los ingenieros. Hay alumbrado público y hasta Direct TV, pero no hay red móvil, menos Wi-Fi.

El jefe de la comunidad está en Lima, pero el subjefe dice que me puedo quedar en el salón de la comunidad mientras tanto. Me vio como si estuviera loquita, le tuve que decir que estoy de camino a visitar a mi familia, ¿cómo le iba a decir que estoy de expedición?…

¿Éste es el salón comunitario? Parece un depósito. Bueno, si tengo que esperar al jefe de la comunidad, mejor me acomodo. Muevo un poco las cosas, hago un espacio para dormir… Acá hay un bañito… su huertita, ¿un naranjo?, ¡qué bueno, tengo hambre!, además me estoy quedando sin comida, y sin plata. ¡Una escoba!, ¡a barrer!… ¡Cucarachas!, ¡cucarachas!, ¡duermo sobre esa mesa y me envuelvo con la frazada que me dio Marco!

Después de haber acondicionado el salón, he salido a caminar un poco. A pesar de toda la actividad, la vida es tranquila aquí. Hay servicio de luz y agua todo el día. Tienen una central de radio para comunicarse, un teléfono público, un pequeño restaurante y una tiendita. ¿Me alcanzará la plata para comprar alguito? Antes de ir a dormir voy a aprovechar en llamar a mi primo, él ha trabajado acá y seguro me puede orientar:

−Carlos, ñaño, soy Aracelli.

−¡Ñaña! ¿Cómo estás? ¿Dónde estás?

−En Camisea. Oye te hablo rapidito porque te estoy llamando de teléfono público y no tengo mucha plata… ¿Carlos?… ¡Oye! ¿Puedes dejar de reírte y decirme ¡cómo salgo de aquí!?

−¡Estás loca!, ¡te vas a morir ahí! Bueno, mira, tienes que hablar con el jefe de la comunidad y pedirle salir por acto cívico. La comunidad tiene derecho a transporte en las lanchas de la compañía en casos de emergencia. Así que vas a tener que “enfermarte” o “enfermar a alguien”. Serio, ¡qué locaza estás!

−¡Ya! Gracias ñaño, chao… ¡Y deja de reírte!

12 de mayo de 2011

¡Qué útil me resultó la frazada! Bueno, me alisto y voy a ver si ya volvió el jefe de la comunidad.

Según la central de radio, el jefe está en Quillabamba en un campeonato de vóley ¡cómo les gusta el vóley por acá! y puede llegar en cualquier momento, así que estaré pendiente.

Un día más en Camisea… ni siquiera pensé pernoctar aquí, ya me preocupa, casi no tengo plata y tampoco mucho tiempo. ¿Ése que viene ahí es… Marco?

−¡Marco!, ¡qué alegría verte!, ¿qué haces por aquí?

−¡Aracelli! He venido a dejar unos encargos, ya justo me iba.

−¿Vas para Sepahua?, ¿me llevas? El jefe de la comunidad no está y no hay botes.

−No estoy yendo en esa dirección Aracelli. Espera no más, ya vendrá. Oye, me tengo que ir. ¡Tranquila!, vas a llegar bien, vas a ver. Acompáñame al puerto para que saludes a Nicolás; está en el bote.

−¡Eh!, ¡Nicolás!

−¡Aracelli!, ¡¿todavía estás acá?! … Oye, nos tenemos que ir, ¡chao!, !suerte!

¡¿Todavía estoy acá?!, ¡sí!, ¡estoy atorada en plena selva! Voy a ver si ya llegó el voleibolista.

He pasado casi todo el día pendiente de si volvía el jefe de la comunidad y finalmente logré hablar con él. Le tuve que decir que necesitaba acceder al acto cívico porque iba a ver a un familiar que estaba muy enfermo ¡perdóname abuelita! Menos mal conoce a un tío mío que vive en Sepahua; así que mañana podré salir en la lancha de los ingenieros que vienen de Malvinas para una reunión y luego podré ir con ellos a Sepahua. Creo que mis lágrimas lo convencieron. −Y eran lágrimas reales, aunque no por la abuela quien estaba “vivita y coleando”; era la desesperación de salir de ahí, no porque me disgustara el lugar, sino porque no estaba preparada para tantos días en ruta−.

13 de mayo de 2011

Hoy estuve desde muy temprano atenta a todas las lanchas que pasaban hasta que llegó la de los ingenieros. Ambos están ahora en reunión con el jefe, ¡desde hace horas! Mientras tanto el capitán y yo nos hemos hecho amigos, incluso compartió su almuerzo conmigo. ¡Qué cara de hambre debo haber tenido! Resulta que él también conoce a mi tío de Sepahua, famoso había sido, aunque dice que es difícil verlo en el pueblo porque casi siempre está en el monte, consiguiendo madera. ¡Ahí vienen los ingenieros!

−Señores, buenas tardes. Yo soy quien los acompañará a Sepahua.

−¿Cómo? No sabíamos… Espere, ¿usted es la profesora que va para Sepahua?

¡Es ahora o nunca!

−¡Sí!, soy yo.

−Ah bueno, vaya entonces con mi colega, yo debo quedarme todavía.

¡Por fin! −La verdad nunca sabré si el ingeniero que preguntó si yo era la profesora, lo creyó realmente o es que notó mi desesperación y “me arrojó un salvavidas”. Como fuere, era mi única opción−.

¡Esta lancha sí es veloz!… y ruidosa, ¡por fin estoy avanzando! Es cuestión de unas horas; ya nos avisará el capitán…

−Aracelli, ¡qué suerte tienes! Tu tío está en el puerto.

¡¿De verdad?!, ¡qué raro!, ¡qué suerte! ¿Dónde?…

−¡Tío!

−¡¿Qué?!, ¡¿qué haces aquí?!, ¡¿cómo llegaste hasta acá?! ¡Toda tu generación está loca!, ¡tu prima también se ha ido caminando a Brasil! !Dame un abrazo!, ¡vamos a llamar a tu mamá!

−Larga historia tío. ¡Qué feliz estoy de verte! Mejor no la llames, no quiero preocuparla, prefiero sorprenderla. Además ya estoy a un paso de Atalaya.

−¡Loca! ¡Vamos! Te puedes quedar conmigo, aunque no te puedo ofrecer mucho. Y después de comer vamos a buscar al gobernador para que autorice que sigas en la misma lancha hasta Atalaya. Cuando llegaron, el capitán me dijo que mañana iban para allá.

Un día más, cada vez más cerca de mi destino. Aunque no fue fácil, porque tuvimos que buscar al gobernador por todos lados, finalmente conseguimos la autorización y mañana salgo hacia Atalaya. Ha sido un alivio haber llegado a un lugar, aunque sencillo, más accesible, con más comodidades, Internet, motocars, caminos afirmados, construcciones de cemento… y sobre todo haber encontrado a mi tío. Y es cierto que la habitación es bastante simple y la ducha es prácticamente un chorro, pero después de todo lo que he pasado, !es todo un lujo!

14 de mayo de 2011

Atalaya, ¡ahí vamos! El ingeniero no parece muy feliz de verme, ¿se habrá enterado que yo no era la profesora? Como sea, ya estoy muy cerca. ¿Cuándo lo volveré a ver a mi tío? ¡Qué bulliciosa es esta lancha!, pero ¡es veloz!; bueno, después del peque-peque todo es veloz. Cuatro horas pasan volando…

¡Atalaya!, ¡por fin!, ¡llegué! Ahora directo a casa.

Atalaya, cuna del Ucayali, tierra cálida; casa de la misteriosa cueva de Tambo Ushco, el enigmático Toro de Piedra y las fascinantes quebradas de Sapani y Canuja… mi casa. ¡Llegué a mi destino!…Fin del registro.

Sí que fue una sorpresa para mamá, ella lloraba de la emoción, yo lloraba porque había sobrevivido. Fue mucho más duro de lo que pensé, incluso perdí peso; pero fue una aventura de ésas que no se logra transmitir fielmente porque la emoción no cabe en palabras. Por eso lo volvería a hacer, aunque más preparada. Después de todo, para disfrutar plenamente la experiencia hay que encontrar el equilibrio entre el ímpetu y la prudencia, pero eso se aprende en el camino.

Mientras le contaba la travesía a la familia, en la radio se oía: “…profesora continúa varada en Camisea…” Ésa es otra historia… hasta entonces, como se diría en machiguenga, “noata-vaeta”, ¡hasta la próxima!

 


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