Qué ocurre cuando un viajero amateur vuelve a casa

Qué ocurre cuando un viajero amateur vuelve a casa - España

Parece que en las últimas décadas de globalización en la que el sistema económico nos ha puesto en bandeja la antiguamente difícil tarea de viajar, también hemos aceptado ideas que a priori resultan obvias en el transcurso de nuestro viaje. La limpieza espiritual del personaje rico y angustiado que lo deja todo para comer, rezar y amar alrededor del mundo (por supuesto, viviendo de un capital escandaloso al que no muchos tenemos siquiera la imaginación de poder alcanzar en nuestras vidas) y que en el camino, increíblemente, regresa a sí mismo, a su alma por fin limpia de toda ansiedad; no resulta participar de la realidad actual que, más bien, se podría caracterizar de abrumadora.

Hace poco leí un artículo que me hizo pensar acerca del síndrome del viajero eterno, síndrome hospedado en las personas que se han marchado y, al volver, nunca han llegado a reencontrarse en su lugar de origen, pues este había cambiado durante su ausencia, así como el propio viajero. Esa sensación de felicidad por vivir en casa con los tuyos de nuevo, que llevabas deseando durante todo el tiempo que estuviste errando mundo adelante, se ve fatalmente destrozada por lo denominado «choque cultural inverso», efecto del síndrome del viajero eterno. En el artículo concluyen que el tiempo de adaptación a la vida diaria es directamente proporcional al tiempo que se experimentó en la otra ciudad de acogida. Pero ahora en serio, ¿alguien de verdad lo ha superado?

Hubo, allá por la primera mitad del siglo XX, un filósofo llamado Alfred Schutz que escribió una teoría acerca de los dos diferentes tipos de realidad que existen para el ser humano. Por un lado, encontramos la realidad predominante o lo que conocemos como fatídica vida rutinaria, la cotidianidad, levantarse todos los días, desayunar, lavarse los dientes, ducharse, trabajar, comer, trabajar, cenar y acostarse (no necesariamente por ese orden y admitiendo todo tipo de variantes). Por otro, explica y defiende la existencia de parcelas finitas de significado, lo que viene siendo la intrusión de una realidad paralela y totalmente diferente a la cotidiana, en tu vida normal. Es decir, el programa Erasmus+. Por supuesto, en aquella época este tipo de maravillas académicas no existían y Schutz ilustró su teoría de las parcelas finitas de significado con los sueños, las experiencias sexuales o la absorción que produce una buena obra de teatro. Pero yo creo que el Erasmus, como cualquier otro tipo de experiencia como viajero amateur, sí es una parcela finita de significado, puesto que es algo de lo que puedes salir, pero nunca puedes superar.

El viajar para quedarse, al menos durante un tiempo, permite al que lo practica la maravillosa sensación de crear su propia realidad y amoldarla a su gusto: nadie te conoce, nadie sabe cómo eres ni conoce a nadie que lo sepa, y eso ayuda mucho a la hora de dar de uno mismo lo mejor de sí. Asimismo, creo que todos los que hemos viajado coincidimos en otro de los puntos fuertes de vivir fuera: deja de existir el control y los prejuicios, ¡nadie sabe qué puedes estar haciendo! Así que es el momento idóneo de hacer todo aquello que nunca creías atreverte a hacer… Por eso mismo, es cierto que descubres que eres una persona renovada, como un supertú que no conocías. Y eso mola, la verdad. Pero… ¿Qué pasa cuando vuelves a casa y te das cuenta de que no puedes moldear una realidad que existe sin ti, que ha existido siempre y que seguirá existiendo? ¿Qué pasa cuando todo ese empoderamiento de repente, se esfuma?

En muchos casos, se genera la depresión postErasmus, que básicamente es el hecho de mantener la mente en aquella parcela finita de significado, en aquella realidad extraoficial y paralela que tú te has montado. Al ver que nada de tu realidad predominante o cotidiana puede tomar los mismos matices de libertad y desahogo que viviste fuera, todo se torna un poco gris, pues aceptar la idea de que no podemos controlar la mayoría de las cosas que pasan a nuestro alrededor constantemente se convierte en todo un desafío.

Es cierto que la rutina muchas veces nos sorprende con salidas inesperadas de la zona de confort, con buenas noticias y celebraciones, pero que nunca se logrará superar la imposibilidad de crear tu propia realidad en su totalidad a tu gusto una vez eso ha sido experimentado, también. Como dijimos (y creo que acertamos), en aquél antro de mala muerte sujetando jarras de cerveza caliente y entre risas y llantos, «Once Erasmus, forever Erasmus». ¡Ay…! ¡Cuánta razón…!


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