Sombras chinas en el techo del mundo

Sombras chinas en el techo del mundo - Internacional

El Tíbet es el techo del mundo. Un territorio lleno de nieve y cimas rocosas. Una región que bebe de inmensos valles azules. Un país tan alto que roza los cielos. Y los tibetanos, a pesar de tener tan cerca las nubes, no consiguen acariciarlas. Viven en el techo del mundo y no pueden encaramarse; para hacerlo, deberían superar los miles de trabas que les ha impuesto el gobierno chino.

Ngawang no sabe cuántos años tiene. Unos 44, dice. Sus padres se conocieron en el campo de refugiados tibetanos Dekyling, cerca del Everest. O quizás los unieron a propósito. Poco tiempo después, Ngawang llegó al mundo. En el campo creció y vivió durante casi 10 años. Ahora reside en Barcelona y es subdirector de la Casa del Tíbet.

Los padres de Ngawang llegaron a Dekyling huyendo de la represión china. Las autoridades comunistas entraron en el Tíbet en 1950 con la promesa de mantener la autonomía política y cultural de la población local. Un año más tarde, sin embargo, se hizo oficial la anexión del Tíbet a la República Popular China, llevándose a cabo una reforma radical de la tenencia de las tierras.

En junio de 1956 estalló una rebelión en el Tíbet. El 10 de marzo de 1959, el ejército chino consiguió doblegar al tibetano. “Este año es el 60 aniversario”, lamenta Ngawang. En el 49 aniversario, el EPL (Ejercito Popular Chino) usó su fusil de asalto conocido como “tipo 56” para acabar con la vida de multitud de tibetanos que habían salido a las calles de su país a reclamar la independencia y el fin de la ocupación.

Ngawang dice que, por suerte, él no vivió en sus propias carnes los estragos de la represión. Pero sí conoce de primera mano las experiencias de varios tibetanos que ha conocido a lo largo de su vida. Relata el caso de Thubten Wangchen; fundador y director de la Casa del Tíbet, es el primer tibetano en quedarse a vivir en España.

La cifra de tibetanos muertos a causa de la represión se sitúa en 1.200.000; entre ellos, la madre de Thubten. Tenía cinco años cuando unos oficiales chinos se la llevaron en 1959. Nunca más la volvieron a ver; Thubten cree que murió en la cárcel. La mayoría de tibetanos arrestados acaban en una prisión desconocida para su familia. Allí, la tortura está asegurada. Muchas veces, ésta es tan insoportable que la persona acaba muriendo. Su cuerpo ni siquiera es entregado a los familiares, siendo incinerado en la misma prisión.

Javier Moro relata en Las montañas de Buda el caso de la monja budista Kinsom. Eran las seis de la mañana del 5 de octubre de 1989 cuando llegó a sus oídos la noticia: el Dalai Lama había recibido el premio Nobel. Salió al patio a celebrarlo junto las otras monjas del convento. “¡Larga vida al Dalai Lama! ¡Viva el Tíbet libre!”, coreaban. No tardaron mucho en llegar. Una docena de soldados chinos irrumpió en el grupo propinando insultos, golpes de porra y culatazos. Kinsom acabó en la cárcel de Gutsa.

Los tibetanos están vigilados las 24 horas del día con la ayuda de cámaras instaladas en todas y cada una de las farolas. Para Ngawang no es extraño que arrestaran a Kinsom: “Empiezas una manifestación, y en cinco minutos ya estás en la cárcel”, afirma. Con el tiempo, la situación puede empeorar. El gobierno chino ha puesto en marcha un proyecto con el que, sólo apuntando a una persona con una cámara, sabrán toda su información. Será una forma de vigilancia personalizada.

Kinsom recuerda duramente los días que pasó encarcelada. La sometieron a horripilantes torturas: los oficiales chinos la desvirgaron usando una porra eléctrica, no le permitían vaciar el cubo que utilizaba como inodoro, la usaban para entrenar kung-fu…  El 22 de junio de 1993, y cuando casi ni se reconocía a sí misma, la soltaron. Antes, le hicieron las cuentas; debía pagar 1980 yuanes por los gastos de manutención. No es esto lo único que deben pagar los tibetanos: cuando hay ejecuciones, la familia del reo se encarga de pagar las balas usadas.

A diferencia de la madre de Thubten, Kinsom sí volvió a ver a sus parientes cuando salió de prisión. Ambas familias eran nómadas; se dedicaban a la ganadería para sobrevivir. Ngawang cuenta que este negocio es difícil: los nómadas tienen limitado el número de animales a su cuidado, y no pueden pastar en según qué sitios. Según el gobierno chino, “pastando animales se contamina la montaña”.

Fue la última vez que Kinsom vio a sus padres. Había decidido emprender un largo camino para huir de la represión, pero ni siquiera pudo avisarlos por miedo a las represalias. “Si te pillan huyendo, tu familia también tiene que pasar por un interrogatorio”, relata Ngawang. Kinsom no viajó sola; la acompañaban su amiga Yandol, a quien había conocido en Gutsa, y unos 10 tibetanos más, entre ellos un niño que viajaba solo. Muchos padres deciden enviar a sus hijos fuera aun conociendo la dureza del camino porque las condiciones en las que viven son inhumanas.

Thubten también huyó del Tíbet con tan solo 5 años, pero lo hizo con su padre y sus dos hermanos mayores. Igual que el grupo de Kinsom, iban acompañados de un guía que les indicaba el camino. “Tu suerte está en las manos del guía. Debes pagarle antes; muchos tibetanos se desprenden de todo el dinero que tienen. Si no son honrados, te pueden dejar tirado a medio camino”, narra Ngawang.

El camino de huida es difícil: se trata de subir y bajar el Himalaya a pie. Para no ser vistos, los refugiados suelen moverse de noche. Las temperaturas son extremas; muchos de ellos acaban presentando síntomas de hipotermia. El niño que acompañaba a Kinsom perdió los dedos de ambos pies porque se le congelaron.

Thubten y su familia llegaron a Katmandú, capital del Nepal, sin ningún ahorro. Se vieron obligados a mendigar y a dormir en la calle, hasta que su padre se enteró de que el Dalai Lama había llegado a la India y decidieron mudarse allí. “El gobierno indio deja pasar a los refugiados sin ningún control; son muy amables con los tibetanos”, remarca Ngawang.

Cuando Kinsom y Yandol llegaron a Katmandú se fueron directamente a la India; ver al Dalai Lama era un sueño para ellas, una promesa que se habían hecho en la cárcel. El niño que viajaba con ellas también llegó a la India, pero para entrar en la TCV (Tibetan Children’s Village), una escuela para niños tibetanos refugiados. Allí les enseñan tibetano, inglés y hindú. La TCV es clave para conservar el idioma del Tíbet.

Ngawang explica que muchos de los refugiados, incluido sus padres, sobreviven gracias al negocio textil. La mayoría de ellos aprenden a tejer alfombras en el Tíbet, en una fábrica creada por la Administración Central Tibetana. Una vez en el exilio, venden alfombras artesanas para conseguir unos ahorros.

Para el gobierno chino, el turismo en el Tíbet es una buena forma de ganar dinero. Sin embargo, existen una serie de restricciones: se ha establecido una ruta turística de la que no se puede salir, los turistas siempre harán las visitas en grupo y acompañados de un guía, y sólo se permite salir del hotel durante un tiempo determinado que, según Ngawang, puede ser de una hora.

Sin embargo, el pasado mes de marzo el Tíbet cerró sus puertas al turismo, coincidiendo con los 60 años de represión. El secretario local del PCCh (Partido Comunista Chino), Wu Yingjie, justificó las restricciones argumentando que eran “para garantizar la seguridad” de los turistas, ya que “algunos visitantes sufren mal de altura”.

El gobierno chino presenta Lhasa, capital del Tíbet, como la ciudad “más segura” de la República China. Según Wu, “los tibetanos se sienten muy agradecidos por la prosperidad que les da el Partido Comunista Chino”. El secretario del PCCh afirma que el Dalai Lama “no ha traído nada bueno al pueblo tibetano” y que por eso hay que “eliminar la influencia negativa que ejerce a través de la religión”.

Pero los tibetanos siguen fieles al Dalai Lama; su única preocupación es conservar su cultura y su lengua. Ngawang afirma que no es nada fácil: “El gobierno comunista fomenta los matrimonios entre un tibetano y un chino. Así se mezclan las culturas y la identidad tibetana queda borrada”, explica. Además, los estudiantes tibetanos con buenas notas son mandados a la China a estudiar. Cuando vuelven después de 5 o 6 años, se han olvidado de su idioma y tienen problemas para comunicarse con sus propios padres.

De hecho, el idioma tibetano no puede enseñarse dentro del Tíbet; los profesores que lo intentan son culpados y encarcelados. Ngawang relata el caso de Tashi Wnagthuk, condenado a 5 años de prisión por “incitación al separatismo”. La principal prueba presentada contra él ha sido un video del The New York Times sobre su campaña a favor de la educación en tibetano. Antes de ser detenido, el profesor manifestó preocupación por el hecho de que los tibetanos no sepan hablar fluidamente su idioma. Esto, argumenta, contribuye a la extinción progresiva de la cultura tibetana.

Los tibetanos se ven obligados a aprender chino para poder conseguir un trabajo remunerado dentro de su país. Aun así, los comunistas tienen mejor puesto y mejor salario. “Es una discriminación dentro de nuestro propio país”, lamenta Ngawang. Dentro del Tíbet, los locales son una población menor. Frente a los 6 millones de tibetanos, más de 8 millones de chinos habitan en la región.

Pero la cultura tibetana se extiende más allá de las fronteras tradicionales del país. Y es gracias a fundaciones como la Casa del Tíbet: hogares libres de expresión para todos los tibetanos refugiados y para cualquiera que quiera compartir un rato con ellos. Mientras, los tibetanos seguirán soñando con volver a ser libres algún día y con poder practicar su religión o mostrar su bandera sin temor a represalias.

 

Judit Moltó Fidalgo


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