Un jueves por Cádiz

Un jueves por Cádiz - Cádiz

Llegaba tarde, como casi siempre. Miguel y Javi me esperaban con cierta ansia en la puerta del autobús, con los ceños fruncidos se cruzaron nuestras miradas. Estaba aprovechando ridículamente las ultimas caladas del cigarro que sostenía débilmente en la comisura de los labios. Entramos los tres juntos al autobús, debido a la falta de tiempo nos tuvimos que sentar separados. En cierto modo me alegré, podría adentrarme en mis reflexiones y estudiar que es lo que Cádiz nos deparaba. Tras dos horas por la Costa del Sol y cinco minutos atravesando un trozo de hierro que unía el resto de España con la ciudad en la que se escribió la primera constitución española llegamos al destino. Bajamos los últimos del transporte y el primer contacto con el piso lo acompañó un destello de luz que quemaba las retinas, impidiendo ver la catedral, era una fotografía perfecta, luz solida, joven colonizando toda la ciudad de Cadiz, menguando la importancia de su catedral.

La incertidumbre nos abrumaba no sabíamos dónde ir, en todos lados veíamos mar, los puntos cardinales se camuflaban entre las esquinas. Seguimos hacia delante y seguimos. Ante nosotros un paseo marítimo en perspectiva nos resguardaba de unas rocas verticales que podían acabar con la vida de cualquiera, bajo ellas, unas playas tranquilas, limpias con intenso oleaje, sin embargo, pese a la agresividad marina una tranquilidad vestía el paisaje mediterráneo. Las hendiduras de las rocas hacían más natural las playas,casi abandonadas, lógico era febrero.

Tras esta parada y la foto obligatoria, seguimos andado hacia aquel casco antiguo. Era la primera vez que estábamos en Cádiz, así que la incertidumbre se cernía sobre nuestras conversaciones ¿Serían tan extrovertidos como su tópico dicta? ¿Entenderemos su acento? Entre preguntas existenciales, bromas y alguna respuesta estúpida nos paramos, abrimos la boca del asombro y por inercia flexionamos el cuello hasta que nuestra mirada se fundía en la copa de la catedral, un estilo barroco creíamos. Dos torres acompañaban un voluptuoso trozo de piedras, perfectamente construido, sólido y quebrado sumaban en conjunto un edificio corpulento en el centro de la ciudad. Más allá de las calles, un espíritu diferente florecía. Sonidos de guitarras, gritos flamencos y el estruendo agudo del vidrio chocando con el suelo se mezclan convirtiendo el ambiente de un jueves cualquiera en una tarde inolvidable para el extranjero.


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