Viajar sin saber idiomas

Viajar sin saber idiomas - Internacional

A veces las publicidades que ofrecen cursos de lenguas extranjeras nos hacen sentir que si no sabemos los idiomas predominantes seremos seres aislados y marginados en el país al que queremos viajar, sin embargo, la verdad es que a la hora de viajar hay que considerar que el idioma no es lo único que nos ayuda a comunicarnos.

Voy a presentar experiencias que le ayudarán a sacarse el miedo de ir a un país y no saber el idioma nativo. Porque a pesar de los prejuicios nacionalistas, la humanidad puede comunicarse de muchas maneras, el idioma es sólo una de las tantas formas de expresarse. Lo que voy a decir a continuación no quiere decir que es innecesario aprender el idioma del país al que uno va, todo lo contrario, aprender la lengua del lugar a donde uno se dirige también nos ayuda a comprender la cultura, las costumbres y los modos de existir de cada comunidad. Pero cuando recién llegamos a un lugar las necesidades son básicas: de ubicación, para no correr peligros, o para conseguir algunas cosas.

Por ello lo principal para poder realizar actividades cotidianas, movilizarnos y poder vivir en un país distinto del nuestro es comprender que muchas actividades son antiguas y las han experimentado todos los migrantes y todos los que viajan desde tiempos remotos. El idioma de un país por supuesto que es importante, pero si usted quiere ir a un lugar hoy en día existen muchísimas formas de aprender el idioma y de comunicarse, he visto viajeros con diccionarios de idiomas en las manos, tratando de escuchar la pronunciación y armando las frases en el día. Pero también hoy la tecnología marca una gran diferencia en la comunicación, a través de notebooks, Tablet y celulares.

Por ejemplo, En Sucre conocí a una viajera coreana que recién llegaba a la ciudad, y ella se comunicaba conmigo través de una Tablet conectada a Internet, traduciendo lo que queríamos decirnos. Me di cuenta que en ese proceso estaba también aprendiendo el castellano. A los meses me mandó un mail desde la Paz, donde me explicaba mediante el traductor de google que estaba bien y que ya entendía algo del idioma, pero lo principal es que pudimos sobrellevar la comunicación de ese modo, ya que esa noche compartimos una cena entre ella y muchos amigos. En el Quewar, un volcán inactivo, ubicado casi en el límite entre Chile y Argentina en plena puna, yo trabajaba de maestro rural en un pueblo bellísimo llamado Santa Rosa de los Pastos Grandes. Una vez un hombre inglés de 60 años se había subido al volcán y se había extraviado, luego de dos días regresó y estaba bastante asustado y con hambre.

Nosotros, los que lo asistimos, no hablábamos inglés, pero con una cuantas palabras pudimos comunicarnos, porque al revés de lo que nos enseñan en la escuela de idiomas: cómo armar frases y conjugar verbos, a veces la comunicación es más pragmática en situaciones inmediatas ¿qué significa esto? que con una cuantas palabras pudimos decirle la ubicación y guiarlo para que regrese a la ciudad. Esto significa que las palabras en inglés que pronunciábamos le daban a él el sentido total de la situación. Compartimos con el aventurero un gran almuerzo y una linda tarde, y hasta se puede decir que una buena “conversación” en el sentido de que haciéndonos señas y mímicas nos reímos mucho en ese pueblo.

Puede que el quedarnos incomunicados en un lugar nos produzca un horror un tanto siniestro, similar al de un sueño en el que nos quedamos mudos o sin ser escuchados, o sin ser vistos como si fuéramos fantasmas, pero eso no ocurre en las relaciones con otros seres, porque hay antes que el idioma la urgente necesidad de entender qué necesita alguien que viene desde lejos. Eso me ha ocurrido muchas veces en mis viajes.

Otro ejemplo me ocurrió en Argentina en la provincia de Salta, dos chicas suizas fueron a parar a mi hogar, una había vivido en Italia muchos años, y ella podía darse cuenta de que el italiano y el castellano se parecían bastante, así que hablaba en una mezcla de palabras italianas con la sintaxis francesa e intercalaba las que aprendía del español, y siempre pudimos entendernos, cuando surgían interrogantes le aclaraba y ella iba incorporando el castellano. Su amiga, en cambio, hablaba francés y en la medida que podía intercalaba palabras en castellano.

Eso da la pauta de que la gramática de los idiomas romances (es decir los que devienen del latín) siguen manteniendo estructuras similares. Por ello, debo decirle, que no le tema a la incomunicación, témale a no viajar por miedo. El miedo es uno de los mayores inconvenientes a la hora de viajar.  Así que déjese llevar por las sensaciones, y si debe pronunciar de manera incorrecta o hacer mímicas como un payaso no se preocupe, porque cuando haya perdido el miedo al ridículo verá que aprenderá el idioma de manera más sencilla y que el resto de las personas lo aceptarán de una manera esencial. El que le pierde el miedo al ridículo tiene un gran poder.

Un ejemplo muy bello que les presento es que en Brasil una noche conocí un músico de Texas, no sabía él nada de castellano ni de portugués, pero pudimos salir a tocar por diferentes bares y toda la noche compartimos y la pasamos muy bien, ninguno de los dos sabía el idioma del otro ni el del lugar, nuestro idioma fueron las canciones, y sin embargo, parecíamos entendernos a la perfección porque el objetivo era divertirse, tocar música y disfrutar.

El principio de cooperación en el viaje tiene un combustible hermoso que es sentirse plenos. El mito bíblico de la torre de Babel expresa de manera clara el horror de que las lenguas se diversifiquen hasta volvernos sordos a los otros y que la incomunicación sea total, pero a diferencia de ese mito, en los viajes todo es idioma: los gestos, las expresiones, los ademanes, las risas, las emociones, y lo que subyace a todos los idiomas del mundo: el deseo de hablar y de empatizar, que no es otra cosa que una de las variaciones del amor.


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